Con la llegada de la primavera, salir a caminar deja de parecer un esfuerzo y empieza a encajar de forma natural en el día. La temperatura acompaña, hay más horas de luz y el entorno invita a pasar más tiempo fuera sin necesidad de proponérselo demasiado u obligarse.
Cuando ese gesto se repite durante varios días, aunque sea en paseos cortos y sin un objetivo concreto, el cuerpo empieza a responder. No se trata de un cambio inmediato ni llamativo, sino de una serie de ajustes progresivos que afectan a cómo te mueves, cómo descansas y cómo te sientes en general.